OPUS NIGRUM by MARGUERITE YOURCENAR

OPUS NIGRUM by MARGUERITE YOURCENAR

Author:MARGUERITE YOURCENAR
Language: es
Format: mobi
Published: 2009-12-21T00:00:00+00:00


Pero el mismo esfuerzo de evocar a aquellas personas exageraba su importancia y sobrevaloraba la de la aventura carnal. El rostro de Aleï no reaparecía más a menudo que el de los soldados desconocidos que se helaban por los caminos de Polonia y que, por falta de tiempo y de medios, él no había podido salvar. La burguesita adúltera de Pont-Saint-Esprit le había repugnado, con la redondez de su vientre disimulado bajo los frunces de encaje, con los rizosos cabellos flotando en torno a sus facciones cansadas y amarillentas, con sus lamentables y burdas mentiras. Le irritaban las miradas que le lanzaba desde el fondo de su angustia, al no conocer otros medios para subyugar a un hombre. Y, sin embargo, arriesgó por ella su reputación de médico; la premura por actuar con rapidez antes de que regresara el marido celoso, el miserable resto de la conjunción humana que hubo que enterrar al pie de un olivo del jardín, la compra a precio de oro del silencio de las criadas que habían velado a Madame y lavado las sábanas manchadas de sangre, todo ello creó entre él y aquella desgraciada una intimidad de cómplices y él la conoció mejor de lo que cualquier amante conoce a su amiga. La dama de Fröso había sido enteramente benéfica, aunque no más que la panadera de rostro picado de viruelas que lo socorrió una noche, en Salzburgo, cuando él se había sentado bajo el alero de su panadería. Fue después de su huida de Innsbruck; se hallaba extenuado y tiritando, tras haber forzado las etapas por los caminos áridos bajo la nieve. Ella había contemplado, tras las contraventanas del escaparate, al hombre acurrucado allí fuera, en el banquito de piedra y, tomándolo sin duda por un mendigo, le había tendido una hogaza de pan aún caliente. Luego, prudentemente, había reforzado el gancho que sujetaba las contraventanas. Él no ignoraba que aquella desconfianza, que le había sido benéfica, lo mismo hubiera podido arrojarle un ladrillo o una pala. No por eso dejaba de ser uno de los rostros de la benignidad. La amistad y la aversión importaban tan poco, en suma, como los encantos carnales. Los seres que lo habían acompañado o que habían pasado por su vida, sin perder por ello nada de sus particularidades bien distintas, se confundían en el anonimato de la distancia como los árboles del bosque, que vistos desde lejos parecen meterse unos dentro de otros. El canónigo Campanus se mezclaba con Riener el alquimista, cuyas doctrinas, sin embargo, aborrecía, e incluso con el difunto Jean Myers, quien, si aún viviese, tendría también ochenta años. El primo Henri envuelto en su piel de búfalo e Ibrahim con el caftán, el príncipe Erik y Lorenzo el Asesino, con quien antaño pasó en Lyon unas veladas memorables, no eran más que las diferentes caras de un mismo cuerpo sólido, que era el hombre. Los atributos del sexo tenían menos importancia de lo que dejaba suponer la razón o sin razón del deseo: la dama hubiera podido ser un compañero; Gerhart tenía delicadezas de mujer.



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